Juli conoció de la manera más difícil lo perjudicial que puede ser usar camas solares. Fui por primera vez a una cama solar cuando tenía 11 años. Estaba en el equipo de hockey y mientras la mayoría de mis compañeras tenian un súper bronceado, yo tenía la piel ¡muy blanca. Cuando nos poníamos el uniforme, yo sentía que todos me miraban a mí. Decidí a ir a la cama solar para sentirme mejor con mi cuerpo. Cuando empecé la secundaria, iba en promedio 5 días a la semana. Llegué incluso a tener un abono mensual. Iba con tanta frecuencia que resultaba mejor comprar por adelantado las sesiones para que no me salieran tan caras. Un día, noté un lunar extraño en mi pierna.
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Cuando empecé la secundaria me sentía cansada todo el tiempo y sin fuerzas. Mi mamá y los médicos pensaban que era el estrés por los exámenes, pero con el correr de los días mi estado empeoró. Necesitaba tomar agua todo el tiempo y empecé a tener náuseas y vómitos. Hasta que una mañana me desperté súper mareada y me desmayé. Mi mamá corrió a llamar a la ambulancia y al llegar al hospital me dejaron internada en observación. Luego de algunos estudios finalmente me detectaron el problema: era diabética. En el momento que me lo dijeron sentí que mi mundo se derrumbaba, no podía creer que esto me pasara a mí.
Sabía que los adolescentes diabéticos debían cuidarse mucho con la comida y controlarse permanentemente iy yo no quería eso para mí. Odié mi cuerpo y todo lo que me estaba pasando. Lo peor de todo es que el grado de diabetes que tenía era severo, con lo cual tuve que cambiar completamente mis comidas y pasar a ser insulinodependiente. Esto significa que todos los días me tenía que inyectar una aguja para mantener estable la glucemia, que es la cantidad de azúcar en sangre.


